EJ. DE CRÓNICA 2. LA PANADERÍA

A raíz del programa académico que ahora curso y del cual daré más detalles adelante, tengo que escribir algunos ejercicios de crónica periodística. No es mi género favorito, de hecho me considero una gran ignorante en el tema y cada vez lo veo con mejores ojos.
En fin, salimos a la calle a “observar” una media hora y volvimos a clase a escribir otra media hora. Ésta es mi crónica:

Lo que tiene el pan es que huele, y mucho. “Huele a pan” me decía mi hermano cuando detectaba un olor putrefacto para hacerme una broma. Bajando del microbus en General Anaya me lleva el tufo del humo y el polvo de la ciudad que me hace huir rápidamente hacia un refugio más agradable para el olfato. Le sigue la universal fragancia del taco, que solo los expertos sommeliers del placer de la carne saben distinguir con precisión, los fines de semana ese olor se confunde con el de la rosticería de a lado, dejando satisfecha mi necesidad de carne temporalmente. Después, como si se tratase de un menu, huele a pan y me acuerdo de mi hermano. Por fuera, los vidrios ahumados y la policía de la entrada disfrazan el local de casa de bolsa, de banco, de oficina gubernamental, si no fuese por el olor, jamás habría descubierto la panadería al lado del metro, estrategicamente situada para comprar el desayuno, las teleras de medio día o las conchas para cena. La policía no esta ahí por nada, entra y sale mucha gente, constantemente y su deber ese que nadie salga por la entrada ni entre por la salida. Orden y memoria fotográfica, la policía te mira de arriba abajo mientras limpia y acomoda las charolas y las pinzas, parte de su labor por su estratégica posición al lado de ellas, para detectar cuantos y de que dimensión son los bolsillos de tu ropa. Me pregunto que pasaría si alguien decidiese salir corriendo con la bolsa del pan si ella esta ocupada acomodando pinzas, habría faltado a su función por estar cumpliendo otra igualmente importante. Y es que aún siendo una panadería la señorita de la caja esta encerrada en un cubículo cerrado y con un espejo que protege su identidad. Tampoco me parece ningúna tontería, cuando manejas productos que pueden llegar a los 5,000 mil pesos, eso cuesta un pastel de 50 kg más o menos. Hay que tomar en cuenta que el precio puede incrementar si tiene relleno, por el número de pisos o por la complejidad de sus adornos. Una señora en sus treintas viene a dejar una plancha del ya extinto pastel de cumpleaños de su hijo. Cumplió un año y tal celebración requirió un pastel de 10 kg, 1,050 pesos mas o menos, para 100 personas. En perspectiva, empiezo a verle más valor al momento del pastel, del queremos pastel y del feo que significa rechazarlo en una celebración. La señora del cumpleaños estará satisfecha por que sale de la panadería ahora con una gelatina con una rosa de glicerina dentro, esta vez para otro compromiso, aprovecha no tener que hacer más viajes. Los pasteles y gelatinas suelen ser los más llamativos y así lo confirman los niños que al entrar de la mano de su madre solo pueden mirar al techo buscando a su personaje de favorito de la última película de Disney. Todos hechos a mano, pero cuya cualidad artesanal se pierde entre la vasta cantidad de colores que más bien dan una impresión industrial y falsa. Tardan cuatro días aproximadamente en hacer un pastel, y no los hacen aquí, los hacen en otra sucursal más grande, en Ermita. Los pasteles y parte del pan los trae un chofer que llega a hacer entre 7 y 10 viajes al día, 6 días a la semana, de 7 a 9 de la noche. Ésta vez lo acompaña toda la familia y sus hijos, para el recelo de todos los que los miramos, tiene acceso ilimitado a las cerezas decorativas y a cualquier capricho respostero que se les antoje, su padre las paga, se las apuntan y no tiene que hacer cola lo cual, en un día entre semana y con prisas es un privilegio.

No sé exactamente por qué decidí postear esto, pero si está aquí tal vez tú lo sabes.

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razones para faltar a clase:

Afuera llueve.

Los dos intensos de la literatura a mi lado beben cerveza y al escuchar a Bob Marley por los altavoces del bar, siente que es una señal. No sé que es la  poesía que se esconde detrás del monitor de su laptop, pero me llaman mucho la atención.

Camino por la calle con prisa, a la primera oportunidad que tengo cruzo la calle. Pero en Tonalá no hay semáforos, o casi no hay, solo hay topes y cuando vi un coche bajar la velocidad ante uno me apresuré a pasar.  El conductor un hombre jovén pasadito de kilos y con una mirada mordaz  efectivamente se detuvo, y aprovechó que yo ya estaba en la otra acera para dejar ir un tímido y quedo:

fiú fiú!

Unos alemanes están sentados en una barra que da a la ventana del bar. Ven a la gente pasar y mojarse en la tormenta que arreció a media tarde. (no se si existe el verbo arreciar. lo busco. http://www.wordreference.com/definicion/arreciar)

Ven a la gente y a los coches pasar. No se que dicen y una vez más me lamento por haber vivido con más de un alemán durante los últimos 3 años y no haber aprendido el idioma.

Ver por la ventana como pasa la lluvia.

Y de espaldas, sin saber que dicen, me lo dicen todo.

Me gusta verlos mirar.


haiku-me

the piece peace pie for good god.

I know this is not a haiku per se…but it will be, soon.

 

to Ana